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lunes, 10 de junio de 2013

Estela de hambre

En la isla de Sehel, situada en el río Nilo, se encuentra una inscripción que data de los tiempos del faraón Zoser, en ella se da testimonio de la terrible hambruna que hizo palidecer al imperio egipcio. El texto describe la falta de alimentos y sus causas, es también un testimonio de la vida religiosa de Egipto, ya que la solución al hambre fue elevar clamor a Jnum, Satet y Anuket, dioses prominentes de los cuales se esperaba favor.

La inscripción es conocida como “La estela del hambre”, es la narración de un hecho que segó vidas, hizo tambalear un imperio y sobre todo llevó a la búsqueda de soluciones. Actualmente en nuestro estado, muchos pueblos están a punto de escribir sus estelas del hambre.

En los últimos días el POR ESTO! informó puntualmente de la terrible situación de hambruna que se vive en Yaxcabá, hecho que va de la mano con la iniciativa del Gobernador Rolando Zapata Bello de incluir al referido municipio en la Cruzada nacional contra el hambre. El Ejecutivo del Estado hace todo de su parte para poder aminorar las necesidades de éste y otros municipios, refrenda su compromiso social y su visión abarcadora de nuestra realidad. Todo ello nos debe mover a la reflexión.

El rezago de las comunidades orientales de Yucatán tiene un origen histórico que se remonta al flagelo sufrido en la segunda mitad del siglo XIX con la Guerra de Castas, no es un problema de unas pocas décadas al día de hoy, por lo mismo es válido hacernos la pregunta ¿por qué hemos llegado a esta situación?

El caso de Yaxcabá ejemplifica, de mejor manera que la que desearíamos, el rezago producido por la falta de visión. Hace unas décadas el Ayuntamiento rechazó la instalación de un almacén rural de Diconsa que terminó en Sotuta, los beneficios para este último municipio no dejan de percibirse; cada tres años se ha gastado una parte importante del presupuesto en el cambio de color de los parques y oficinas municipales.



El Ayuntamiento (pensando en conjunto todas las administraciones) como un cuerpo de gobierno con un grado de autonomía no ha podido canalizar de manera eficaz sus recursos para el mejoramiento de las condiciones de vida de la población. De ser “el granero del estado” las familias de Yaxcabá producen para autoconsumo, será que ¿el Ayuntamiento no ha podido vincular a los productores de maíz o chile con los centros de abasto estatal? ¿No se ha podido vincular al sector artesanal con los mercados turísticos? La causa del hambre en Egipto hace miles de años fue la falta de agua en el río Nilo, el hambre en nuestras comunidades es la falta de flujo de trabajo, de la compra y venta de la producción local. ¿Acaso el mercado municipal no puede volverse un referente para la zona en la que se enclava Yaxcabá?

De igual forma las instituciones públicas han perdido de vista lo que un tiempo hicieron en la comunidad. Hace unos años el CINVESTAV realizó proyectos de investigación para paliar el hambre con la mejora de sistemas de producción de maíz, se realizaron foros de consulta, se alentó el ahorro, se desarrollaron proyectos de alimentación en torno al maíz y la miel. Todo lo anterior quedó en el pasado, ahora el CINVESTAV en la población es sinónimo de renta de piscinas y un local para fiestas. Las demás actividades que esta dependencia del Instituto Politécnico Nacional realiza han adquirido nombre particular y se han alejado de su función original.

Luchar contra el hambre es luchar contra el rezago, contra la falta de oportunidades de educación, por eso y más no hay que reaccionar pasivamente ante las iniciativas estatales o federales. El Gobernador ha hecho un llamado con su iniciativa a redoblar esfuerzos al interior del municipio para dejar atrás el discurso de “acabamos de entrar” o “los anteriores”, la ciudadanía debe tomar parte activa con su opinión y sus propuestas para mejorar las condiciones de de vida que ahora se tienen.

Unas cuantas familias se dan el lujo de no escribir su estela del hambre, esas familias deberían ser, en su papel de ciudadanos, las primeras en velar por un reparto equitativo de los bienes, en generar oportunidades de empleo. El Ayuntamiento por su parte no deberá ser pasivo ante los apoyos, deberá hacer de ellos un elemento que se multiplique, deberá saber cómo y en qué aplicar el presupuesto de manera que impacte en la comunidad, deberá tener una visión innovadora, amplia, que lo lleve a conciliar sus intereses con los de la ciudadanía a la que se debe.


Publicado originalente en Por Esto!, 21 de mayo de 2013.

lunes, 20 de mayo de 2013

Huay Kot de Yaxcabá


La historia de los ranchos, villas y pueblos de México tiene fronteras difusas con la memoria y el mito. Los procesos de fundación de nuestras comunidades son punto de encuentro entre la historia certera y la invención de tradiciones, se trata de un camino que lleva, muchas veces de forma inesperada, a la conformación o apropiación de identidades comunitarias.

No son únicamente las historias de fundación aquellas que unen historia e invención de la memoria, los personajes notables de las comunidades tienen parte en este proceso. Algunas veces los hechos históricos de los personajes son superados por los que la tradición y la memoria han creado, así se olvidan la mayoría de sus actividades, que son rápidamente suplidas por el mito y la leyenda. Tal es el caso de Claudio Padilla, polémico político y próspero comerciante de Yaxcabá, mejor conocido como el brujo águila, el Huay Koy. Aquí una historia que la abuelita contó un día al inquieto nieto:

Nunca salgas a altas horas de la noche, mucho menos se te ocurra ir por el rumbo del cenote, cosas terribles de pueden pasar, más a ti que eres aún un niño muy pequeño. Supe que ayer en la mañana fuiste por esos rumbos, lo bueno es que estás bien, no te pasó nada, pero escucha ésta historia que es para que sepas quien habita el lugar al que te acercaste.

Hace muchos años en la casona que está frente al cenote, aquella que ahora está pintada de amarillo y con un gran zaguán, era lugar de reposo para los viajeros que se aventuraban al oriente de Yucatán, tenía gran cantidad de servicios, agua corriente, pan caliente para las comidas y una gran variedad de especias. Era la tienda mejor surtida de la región, ni los de Sotuta tenían tal cosa. La casona era propiedad de Claudio Padilla, quien se daba el lujo de criar venados y palomas en los patios traseros del lugar, ¿te imaginas qué bonito fueron sus jardines en aquel tiempo? Solo de imaginarlo uno sonríe.

Don Claudio fue el primer alcalde de Yaxcabá, esto que te cuento fue en las primeras décadas de 1800, él fue uno de los que mandó construir el Palacio Municipal, en aquella época lo llamaban Audiencia, aún queda la placa conmemorativa de ese hecho, cuando tu papá te lleve a la presidencia a ver a tu tío Armando pídele te la muestre.

Pero, ¿qué crees?, parece ser que Claudio Padilla no resultó ser un buen alcalde, incluso se interpuso una denuncia en su contra por abuso de autoridad, pero el señor no dejó de participar en la política, unos años después de haber dejado la alcaldía de Yaxcabá solicitó cargos políticos en Sotuta, no sé si logró tener algún puesto en la administración de ese pueblo.

La gente le temía a Claudio Padilla, no únicamente por su poder político. Muchos dicen que tenía poderes que solo se consiguen de mala manera, que poseía la habilidad de cambiar de forma y controlar a los animales que mantenía en los patios traseros de su casa.

Las sospechas aumentaron cuando una señora fue un día a comprar pimienta verde, los anaqueles de la tienta estaban vacíos, pero don Claudio le prometió a su cliente que al día siguiente podría pasar por la pimienta, se encargaría de conseguirla. Dicho y hecho. Un día después, al clarear la mañana, los anaqueles de la tienda estaban rebosantes de decenas de nuevos productos, incluida la pimienta verde.

Una persona del pueblo dijo que durante la madrugada, al salir rumbo a la milpa, vio cómo descendía sobre la casa de Claudio Padilla una enorme y amenazante ave, seguida de miles de palomas que en conjunto traían cajas y cajas. ¡Deja de temblar chamaco!, que no he terminado la historia, ¿quién crees que era el brujo? Claudio Padilla.

Recuerdo que Manuela Peña dedica a su abuelo Claudio Padilla.

Desde ese día le apodaron Huay Koy, que quiere decir brujo águila. La casa a la que entraste ayer es donde vivía, algunos dicen que su espíritu aún está ahí. Fue tanto el temor que le llegaron a tener que muchos buscaban matar a los hijos y nietos de Claudio Padilla, tu abuelo Ben vio morir a uno de los últimos descendientes del temido Huay Koy de Yaxcabá.

¿Cómo dices?, ¿si aún hay familia de Claudio Padilla en el pueblo? Aún la hay, no todos lo saben porque los matrimonios cambian los apellidos de las familias. Ve a la iglesia del pueblo, en la pared derecha verás la lápida de uno de los últimos hijos de Claudio Padilla, mira la dedicatoria que la lápida fúnebre tiene, después de leerla quiero que te cuides mucho más, no vaya a ser que resultes ser un chan brujo. Te lo repito, no salgas solo durante la noche, otro día te contaré más historias del famoso brujo de nuestro pueblo.

Joed Amílcar Peña Alcocer en Por Esto!, 26 de abril de 2013.

sábado, 4 de mayo de 2013

Memoria y monumentos




La memoria selecciona, conforma la identidad, olvido precedido de reflexión; pero olvidar sin reflexionar es desmemoria. La historia de los pueblos del interior del estado, cuando no son lo más grandes o poblados, se diluye con el paso del tiempo y aún aquellos grandes pueblos pueden, por las acciones humanas, perder vestigios de la historia sobre su progreso material, pérdida que muchas veces no puede ser reparada.
 
Los siglos pasados han dejado elementos memorísticos en edificaciones, placas y lugares, espacios donde la simple presencia del individuo o la observación del entorno lo remiten a experiencias personales o episodios de la historia comunal que perviven por la oralidad y tienen eco en los monumentos. Caminar por las calles céntricas de la mayoría de los poblados de Yucatán implica encontrarnos con placas conmemorativas a la jura de la Constitución de Cádiz, piedras con elementos prehispánicos incrustadas en las paredes de las casas y amplias construcciones donde los principales de la población vivieron en siglos pasados.

Muchas ocasiones basamos nuestra idea de monumento histórico en la antigüedad o la estética agradable, pocas veces es la memoria uno de los criterios. Si en base a la selección de recuerdos se construye la identidad y mediante la reflexión generan su historia los pueblos la memoria también nos ayuda a encontrar monumentos históricos, aunque no siempre corresponden a la antigüedad o estética deseada por las instituciones.

El desigual desarrollo material de los pueblos de Yucatán genera grandes expectativas sobre la pronta introducción del servicio de agua potable, de electricidad o pavimentación de las calles, cuando se logra no falta la inauguración y, la mayoría de las ocasiones, una placa conmemorativa. Los monumentos de muchos poblados surgieron de este modo. La primera toma de agua que facilitó los servicios de irrigación y consumo de agua potable, la primera calle con pavimento que agilizó el transporte de las cargas de la milpa o la primera instalación eléctrica, al caer en desuso evocaban recuerdos, fragmentos de la historia y pasaban a ser de manera discreta un monumento.


Posiblemente la falta de perspectiva sobre lo que es o cómo debe ser un monumento ha dado como resultado la demolición de muchos de ellos, dejando en el olvido episodios del progreso material de muchos de nuestros pueblos, siento que la mayoría no cuenta con una monografía. Las denuncias de demolición del patrimonio edificado tienen que ver con edificios del siglo XIX, pasando desapercibida la desaparición de otras edificaciones más recientes pero que tienen tanto o mayor peso memorístico.

En el año 2007 el POR ESTO! me dio la oportunidad de dar testimonio de la demolición de arcos mixtilíneos en una céntrica casa de Yaxcabá, pérdida irreparable; pocos años después la estructura del palacio municipal, que data de principios del siglo XIX, fue modificada al agregarle una torre de reloj que poco hace por la comunidad. Tristemente el cuidado del patrimonio edificado no ha sido prioridad en los últimos años.

En las últimas semanas, por acción del H. Ayuntamiento de Yaxcabá, fue demolida la primera toma de agua potable de la población, las reacciones no se hicieron esperar. La referida toma de agua no poseía elementos estéticos finos, sólo tenía una placa y la que fuera la primera llave de agua que dio beneficios a las familias de la población. Databa de los primeros años de la década de 1970. No era un monumento por sus atributos físicos o por su antigüedad, lo era por ser depósito de la memoria de muchos pobladores que en los días de su inauguración eran niños o adultos jóvenes.

La desmemoria se causa por acciones poco meditadas como la anterior y que dan cause a críticas aceptables pero también a la denostación sin sentido. Esperemos que las autoridades municipales de Yaxcabá tengan mejores criterios de preservación de elementos históricos del municipio. Al PAN se le ha acusado, desde las más altas esferas de la cultura nacional, de no preocuparse por la preservación de la cultura e historia de México, esperemos que no sea ese el caso de las autoridades de Yaxcabá. Aún están a tiempo de tomar acciones más meditadas o librarse de los malos consejeros.

Mientras tanto la comunidad tiene un lugar menos donde rememorar la historia.

Publicado en Por Esto!, 11 de abril de 2013.

lunes, 22 de abril de 2013

Mopila


La Guerra de Castas de Yucatán asoló un considerable número de poblaciones, así lo consigna Apolinar García y García en su Historia de la guerra de castas, causando el olvido de muchas de ellas que, de manera irremediable, fueron arropadas por los montes, una de ellas es Mopila.

Serapio Baqueiro en su Ensayo histórico de las revoluciones de Yucatán narra detalladamente la batalla entre las fuerzas del gobierno y los indígenas sublevados en la plaza del pueblo, misma que culminó en el incendio de la iglesia, condenando así al otrora pueblo maicero a pervivir como ruina y desolación. La memoria y la historia oral se encargaron de reconstruir los muros caídos, entretejieron historias que dotaron a Mopila de mito y leyenda, he aquí una de ellas contada por la paciente abuela a su nieto:

Acércate al fogón. Te digo para que sepas, cuando el viento chifla, a alguien le está contando una historia, puede ser al campesino en la milpa, a la mestiza que prepara tortilla en el comal, ¡pero cuídate que tú no estás listo para oír al viento!

Cerca de aquí, de Yaxcabá, están las ruinas de un pueblo que fue grande. Mi abuelo me decía, porque él lo conoció, que era pueblo de mayas y para llegar había que caminar cuatro leguas por camino torcido y pedregoso. Si ahora lo caminaras te ampollas los pies, si ni un elote puedes desgranar sin llorar.


Mopila es su nombre, algunos que venían de fuera le decían Mopilá, que porque “así está en los documentos antiguos”. Aquí todos le llamamos Mopila, ese es el nombre que de siempre ha tenido, no se puede cambiar, así como no podemos cambiar la época de siembra.

Cuentan que era lugar de muchas gentes, hombres, mujeres, niños y hasta abuelitos. Dicen algunos que de ahí vinieron para fundar Yaxcabá, pero yo no lo creo. En los tiempos de la Guerra de Castas, el lugar fue incendiado y toda semilla murió, la gente por temor a la muerte corrió, el lugar desfalleció; pero la virgen que estaba en la iglesia fue traída a Yaxcabá. Nunca se levantó Mopila, pero se siguió yendo ahí para hacer milpas, se olvidaron de la iglesia, pero la virgen sabía esa era su casa.

Escucha bien, porque lo que te digo lo están dejando de contar, los antiguos morimos y nos llevamos estas historias, quiero que la conozcas, quiero que las cuentes ¿lo harás? Un campesino regresaba de la milpa y, a mitad del camino, se encontró con una linda mujer que iba rumbo a las milpas de Mopila, dicen que lo saludó y el sintió algo extraño, pero no dijo nada cuando llegó a su casa. A las pocas horas los habitantes del pueblo no encontraban en su lugar a la virgen de Yaxcabá, había desaparecido, nadie vio quién se la llevó, nadie supo decir qué pasó.

Los hombres de milpa son los primeros en ver todo, los primeros en saber, los primeros en buscar, por eso los que vienen de Mérida siempre con ellos van a preguntar. La encontraron en su antiguo nicho de Mopila, entendieron que la mujer del camino era la virgen que regresaba a su casa. Desde eso cada año la virgen es llevada nuevamente a su antigua casa, la gente se reúne, la llevan en hombros. Muchos así lo creen y por eso lo hacen.

Veo tus ojos, quieres ir ¿verdad? Por ahora no vayas, eres muy chico, además tu mamá no te dejará ir. Tu papá te puede contar, el lugar es hogar de serpientes.

Todo el que quiera pisar la tierra de Mopila se debe cuidar de las culebras, cascabeles suenan por todos lados, ¿quieres que te muerdan? Pues ve, anda, corre. Cerca de la iglesia, poco después de las milpas, se encuentra una gruta, su interior es frío y húmedo, nadie puede ver bien su interior, pero los campesinos bajan por el agua que está ahí.

Cuando los animales se alejan, cuando el venado corre al monte es porque ella se está acercando. Dentro del agua está, de ahí sale la culebra. Hay una en cada cueva, esta es la de Mopila, ella hace que vivan ahí muchas de sus hermanas pequeñas. Dicen que es gruesa como un cedro, que abre su boca y los animales entran en ella para que coma, creo que es un animal sagrado del monte, la gruta es de ella, cuida los tesoros que dejaron. Cuando crezcas y puedas ir a Mopila no vayas solo, que te acompañen. No se te ocurra faltarle el respeto al monte, no te burles y no verás a las culebras porque ellas te dejarán caminar tranquilo. Todo esto que te cuento sólo pasa aquí.

Tus ojos tienen algo, quieres ir pero no será estos días, creo que muchas veces estarás ahí y los dueños del monte te dejarán ver cosas nuevas. ¡Chamaco este, creo de acá a unos años el viento te dirá cosas que a nadie ha dicho! Ven, ponte más cerca del fogón.

Publicado en Por Esto!, 9 de abril de 2013.

lunes, 15 de abril de 2013

Un facsimilar en D. Bullebulle

Joed Amílcar Peña Alcocer, Por Esto!, 21 de marzo de 2013.

Al POR ESTO!
XXII años de continuar con la bicentenaria historia de la prensa en nuestro estado

Yucatán iniciaba el año de 1847 con un espíritu que bullía por la fe en el progreso, los campos agrícolas del oriente se habían hecho de la reputación de ser “el granero del estado”, la economía de las poblaciones que los albergaban era boyante, así lo demuestran los edificios vallisoletanos, yaxcacabenses(1) y sotuteños.

La prensa daba cause a reportajes sobre los progresos en agricultura, las páginas literarias abundaban y se veía un horizonte luminoso. En el mes de julio de 1847 el horizonte fue iluminado a ojos criollos por “la tea incendiaria del indígena sublevado”, para los mayas era luz de libertad.

En el contexto anterior surge una de las publicaciones más famosas del siglo XIX en Yucatán, el periódico satírico D. Bullebulle. Fabián Carrillo, José Antonio Cisneros, José García Morales, Miguel Barbachano y Gabriel Gahona “Picheta” estaban tras las páginas del periódico, a ellos les tocó ver los cambios que la Guerra de Castas trajo.

La vida de la publicación no fue larga, pero en su corta existencia no desaprovechó tocar el tema de la Guerra de Castas en artículos e imágenes. En uno de los últimos artículos, titulado “El testamento del año 1847”, relata la muerte de D. Bullebulle y el incendio de su testamento a los incrédulos ojos de los testigos; inmediatamente al artículo sigue una leyenda que a la letra dice “he aquí sacado de un documento auténtico el facsímile de la firma de uno de los principales caudillos de los indios sublevados” y se inserta un maltrecho trazo que dice “Jacinto Pat”.


Facsimilar de la firma de Jacinto Pat, en D. Bullebulle


La Guerra de Castas tomó de sorpresa a la población, muchos periódicos dieron cuenta de las cartas entre sublevados y miembros del gobierno; pero fue D. Bullebulle el que ofreció una firma de Jacinto Pat.

La revisión de la documentación epistolar de Jacinto Pat nos revela una letra clara y entendible, todo lo contrario al “facsimilar” que el grupo de bulliciosos dio a conocer a sus lectores. Considerando la destreza de Gabriel Gahona no podemos dudar que se pudo haber conseguido una mejor reproducción. La firma de Jacinto Pat publicada en D. Bullebulle tiene correspondencia con características de la firma original, evidencia que los responsables de la publicación conocían la correspondencia y, ya sea por haber hecho una mala copia o por la premura de publicar, no obtuvieron un facsímil en forma.

Habría sorprendido publicar una firma de trazo nada vacilante proveniente de un indígena “bárbaro y sublevado”. ¿Podría ser que la reproducción fuera mal realizada apropósito? A mediar el siglo XIX eran muy pocos los indígenas que sabían leer y escribir, se pensaba en el indígena como iletrado. La buena letra producto de la enseñanza formal era asequible generalmente a criollos y mestizos, ellos eran depositarios de la civilización, por lo tanto un indígena de buena letra evidentemente educado no podía ser guía de aquellos que iban en contra de la cultura, la política y la sociedad de Yucatán.


Firma de Jacinto Pat, carta a Miguel Barbachano



En un artículo publicado en el mismo periódico, “Nini va por la lana y vuelve trasquilado”, el personaje sale “disfrazado” de maya en plena Guerra de Castas y, por ello, es objeto de linchamiento por los habitantes del poblado al que llegó. Logra ser rescatado por un sacerdote que lo insta a hablar en latín para que la muchedumbre se diera cuenta que no es un indígena, los mayas no hablan latín.

Podríamos decir que el facsimilar publicado en D. Bullebulle es una muestra más del pensamiento que las élites tenían sobre los indígenas, pero no podemos más que considerarlo una posibilidad. Seguramente la publicación de la firma de Jacinto Pat fue comentada e hizo que la población conociera la letra del sublevado, reafirmando a la prensa como el medio por excelencia de transmisión de noticias.

Esta y otras publicaciones con sus detalles y particularidades han hecho más amena la vida de los yucatecos. La prensa en Yucatán tiene ya 200 años, es una historia con destellos y sombras que al día de hoy parece no terminará pronto, en ello nos alegramos.

(1) En el original Yaxcabences, cambio realizado por el periódico.

martes, 11 de diciembre de 2012

La serpiente en el cenote

Joed Amílcar Peña Alcocer en PorEsto!, domingo 9 de diciembre de 2012.


Los pueblos de Yucatán son ricos en tradiciones, muchas de ellas pasan de generación en generación mediante la oralidad y de esta forma depositan en su transmisión un alto grado de memoria, de evocación.

Los relatos de acontecimientos notables o hechos fantásticos tienen un especial lugar en la oralidad de los pueblos, sirven para perpetuar tradiciones, para corregir acciones o simplemente dejar el legado de la memoria. Hace ya unos 16 años la señora Amada Mendoza legó a su pequeño nieto una de aquellas historias, donde confluyen la memoria y la historia, la fantasía y la realidad. Compartimos con el lector la historia relatada al pequeño niño y que de la narrativa oral adapta a la narrativa escrita: 

Sabríamos tantas cosas si tan sólo escucháramos la voz de los montes. En nuestro pueblo muchas cosas han pasado, éste fue un pueblo grande y es aquí donde los mayas lucharon, donde los españoles murieron. Su nombre significa “primer lugar de tierra y agua”, siempre ha sido un pueblo de guerreros, de mayas, hay muchas historias de mayas, muchas historias del Alux y brujos. Hay una que es verdadera porque desde hace tiempo la cuentan, la sé desde pequeña y también lo he visto, no sólo yo, también tu mamá.

En el cenote del pueblo han muerto muchas personas y todos aquellos que las acompañaban poco antes de su muerte han dicho que siempre les decían “me llaman, ahora vengo”, pero nunca regresaban; después de decir esas palabras salían corriendo, atravesaban el parque y se tiraban al cenote.

Existe la costumbre en las personas de tirarse a bañar, por eso no lo veían raro, pero cuando tardaban en salir se asustaban, así murieron muchos. Dicen que esa voz que llama proviene del cenote, es la serpiente que ahí está, tiene cabeza de caballo y alas.
Cuentan que en las noches el cenote truena, que las aguas suben y rebozan, eso es porque la serpiente quiere salir pero aún no puede; cada cien años tiene permitido salir e ir al mar, pero aún no se cumplen los años. Por eso cada determinado tiempo llama a alguien para que caiga al cenote.

Cuando era niña mi papá me dijo que estaba en la milpa y alzó la mirada, vio en el cielo una serpiente inmensa, oró y esperó que nada pase. Seguramente esa es la mamá de la que ahora está ahí adentro.

Tu mamá la vio, cuando un día fue a llevar periódico con don Nacho sintió que el agua la pringó, era agua del cenote y cuando volteó a mirar sólo logró ver la cabeza de caballo.
Por eso no debes ir al cenote, no mires, porque no sabes si esa cosa va a querer salir en ese momento. Unos gringos vinieron y vieron un caballo ahogándose, lo fueron a decir al palacio, pero cuando fueron a ver los policías ya no estaba. Eso quiere decir que la serpiente quiere salir. Cuando los niños se acercan mucho al cenote la serpiente se da cuenta, en las aguas oscuras se oculta y desde ahí está mirando. Hace poco hablaron a uno de los maestros de la secundaria desde el cenote, ¿no te lo dijo tu mamá?, se asustó tanto que corrió hasta llegar a su casa, sudó frío. Por eso te digo, la serpiente sabe cuando hay alguien cerca.

Uno debe respetar esas cosas, podríamos pensar que no existen, pero muchos lo han visto ya. Es como los Aluxes, nadie cree en ellos hasta que se llevan a algún niño, se la pasan días buscándolos hasta que los encuentran en la orilla de la carretera. Hazme caso, pórtate bien y no vayas solo al cenote.

Cuando vino Joaquín Cordero hace muchos años se metieron al cenote a sacar rifles de la Guerra de Castas, le advirtieron se cuidara de la serpiente, pero no lo creyó. A final de cuentas no vieron a la serpiente porque aún no es tiempo de que salga para ir al mar.



miércoles, 5 de septiembre de 2012

Beisbol en Yucatán



Los fines de semana los campos, llanos o con gradas, son escenario de la efervescencia, del ánimo por la victoria y el desazón por la derrota. El Beisbol ha sido por muchos años una de las diversiones del día domingo más satisfactorias, en el interior de Yucatán, de manera especial en el oriente, se preparan desde temprano las mochilas con guantes, pelotas y bates, dispuestos sus dueños a dar el mejor partido de sus vidas.

Madres e hijos llegan en automóviles, bicicletas o a pie para ver el juego y, es en ese momento, cuando las porras y palabras soeces se unen para dejar claro que los hombres en  el diamante no están solos.

Dejamos a nuestros lectores el número 44 de Tesoros de la Biblioteca Virtual de Yucatán, esperando rememoren aquellas experiencias en las gradas del campo o que mejor, sus vivencias en el diamante.


Joed Peña Alcocer en PorEsto!, 18 de mayo de 2012.

A mi querido papá, Raúl Peña.

Por mucho tiempo, el beisbol ha sido considerado como el deporte por excelencia de los yucatecos. Desde aquellas últimas décadas del siglo xix, cuando en el puerto de Progreso y en las cercanías de Mérida se jugaba algún match de beisbol, periódicos como El Eco del Comercio dedicaban reseñas a los ya famosos juegos.

El siglo xx trajo para Yucatán bonanza en el terreno de la pelota caliente. Julio Molina, "El Diamante Negro", quien desde joven entrenó su habilidad para lanzar con ambas manos, se enfrentó a los portentosos equipos cubanos que visitaban nuestras tierras y que eran el deleite de una afición cada día más numerosa. Las personas que acudían a los campos en busca de diversión vieron cómo "El Diamante Negro", considerado el mejor pítcher de la historia peninsular, ponchaba a los imponchables isleños.

El interior del estado pronto adoptó la costumbre del beisbol dominical. El primer día de la semana, familias completas se trasladaban a los campos para ver jugar al papá o al hermano. Al mediar el siglo xx, fue común ver a los hijos de los beisbolistas vistiendo reproducciones miniatura de los uniformes con que sus padres jugaban, trajecitos que dejarían honda huella en las mentes infantiles. En las últimas cuatro décadas del siglo xx, el mundo del beisbol del interior del estado vio surgir ligas memorables como la famosa Liga Zamná.

Cada pueblo tenía una familia beisbolera y un buen equipo. En la zona oriente del estado, el beisbol se propagó rápidamente y surgieron equipos memorables como los Maiceros de Yaxcabá. En su primera generación, los Maiceros obtuvieron la reputación de ser un buen equipo, un ganador habitual recibido en cada pueblo con vítores. Muchas familias aún recuerdan esos tiempos y la férrea disciplina de los jugadores. Las siguientes generaciones de Maiceros no desentonaron y sus integrantes forman parte ya de los anales del beisbol municipal (algunos de ellos llegaron a batear para los famosos Ases del Volante). Como este equipo surgieron otros tantos, que debido a que jugaban lejos de la capital no se hicieron de fama, pero que tienen un lugar en la memoria de sus aficionados y en la historia del beisbol yucateco.


Aspecto de un partido de beisbol en el interior del estado. Colección Fotográfica Crescencio Carrillo y Anona, Fondo Audiovisual, Centro de Apoyo a la Investigación Histórica de Yucatán. 


Equipo de Pakaristas. Fondo Audiovisual, Centro de Apoyo a la Investigación Histórica de Yucatán.


Nota: "Diamante Negro" por "Diamante Blanco". Que conste.

viernes, 31 de agosto de 2012

La educación en el discurso historiográfico de Justo Sierra O´Reilly: breve acercamiento



Los estudios y análisis historiográficos son algunos de los campos más interesantes del quehacer del historiador. Un buen estudio de este tipo nos abre la puerta para comprender de mejor manera cómo los historiadores, contemporáneos o no, han abordado diversas temáticas. Un buen ejemplo de ello podría ser lo hecho por Arturo Taracena en el primer capítulo de  De la nostalgia por la memoria a la memoria nostálgica, donde de manera clara y precisa perfila cuales han sido los principales acercamientos con los que se ha estudiado el tema del separatismo yucateco.

Los mismo pueden ayudarnos a encontrar rasgos característicos de algún escritor y, en la medida en la que los textos lo permitan, poder encontrar la postura que asumió ante tal o cual situación, tal como lo hecho por Evelia Trejo en Los límites del discurso, donde nos señala la postura de Lorenzo de Zavala ante la iglesia.

Estas solo son unas pequeñas y muy resumidas directrices que los estudios historiográficos pueden tener, claro que la profundidad y tema analizado dependerán mucho de la imaginación y pericia del historiador. Por lo pronto dejamos al lector un artículo que precisamente es un ensayo de análisis historiográfico, que fue presentado antes de su publicación como conferencia por el autor en la Casa de la Historia de la Educación en Yucatán.


Joed Amílcar Peña Alcocer en Unicornio. Suplemento cultural de PorEsto!, Mérida, 12 de febrero de 2012.


La educación debe ser entendida como un proceso dialéctico de intercambio de reflexiones en torno a la formación del hombre en sus diversos aspectos, por otra parte, la historia se encarga del estudio de los procesos históricos y en definitiva la educación es uno de estos procesos de suma importancia. Con lo anterior debe quedar de manera sucinta resumida la relación que existe entre la una y la otra, la educación se trata de un proceso histórico y la historia en algún momento se enseña.

Los ideales que la humanidad ha tenido a lo largo de los siglos han quedado registrados en la memoria documental, aquélla que ha sido generada en las instituciones o por hombres comprometidos con el devenir de sus días, éstos últimos generaron un discurso, una serie de escritos que señalan su forma de pensar y concebir los problemas que los aquejaban, esbozando en ellos las soluciones que creían viables. En resumidas cuentas, generaban un discurso.

El Siglo XIX mexicano, en especial en su primera mitad, sentía el empuje de la independencia conseguida en el año de 1821, por lo que se procuró delinear prontamente el esquema bajo el cual la nueva nación encontraría la vía al progreso. Uno de los temas de mayor preocupación fue el de la educación, ya que en perspectiva de los liberales de principios de siglo, el pueblo sólo podría hacer correcto uso de sus derechos y cumplir sus obligaciones, cuando tuviera los conocimientos necesarios para desempeñar correctamente la ciudadanía. En pocas palabras, el ciudadano debía poseer un nivel educativo aceptable.
La población de origen criollo o hispano era poseedora de los niveles educativos de mayor nivel, derivando así que la ciudadanía recayera mayoritariamente en ellos, esta situación presentaba una problemática, ¿Dónde situar a la población indígena? problema no menor si consideramos que la mayor proporción de habitantes era precisamente de este grupo social.

Preocupación por la educación en Yucatán

Yucatán no estuvo exento de esta discusión, muy tempranamente en el Siglo XIX se hizo presente la preocupación por la educación de la población. Entendiendo que ésta conllevaría a un buen ejercicio político. El Misceláneo, primer periódico editado en Yucatán decía que:

“Uno de los primeros encargos de la diputación de provincia es formar la división de ésta en partidos de a 25000 almas, la que aprobada por las Cortes nos traerá inmediatamente 25 jueces de letra por lo menos, si cuando estos lleguen, hallan a los pueblos tan rústicos, tan ignorantes de sus derechos, tan acostumbrados a llevar el yugo del despotismo como lo están en el día, la provincia será perdida […].El único arbitro capaz de evitar los males que los amenazan en esta parte, o de abreviar su plazo, es formar el espíritu publico promoviendo la educación y enseñanza de la juventud […].

“Recordamos a los ayuntamientos la obligación que la Constitución les impone de cuidar de todas las escuelas de primeras letras y demás establecimientos de educación […]. Solamente su ilustración puede calmar nuestros temores, aun hacer útiles los jueces letrados, en cuya clase, y por desgracia de esta profesión y también por la nuestra hay metidos de gorra innumerables sin los reconocimientos y propiedad que debían caracterizarlos. Mejorará también las costumbres, si es verdad que todo abuso nace del error y todo delito público o privado no es otra cosa que un errado cálculo del espíritu” [1].
Conforme pasaron los años se fue acrecentando la necesidad de dar al pueblo una buena educación. Yucatán a mediados del siglo vería iniciar uno de los proyectos culturales más importantes de su historia, 1841 fue el año en el cual salió el primer número de el Museo Yucateco, proyecto donde las plumas más destacadas de la península se reunieron, Justo Sierra O´Reilly, Vicente Calero Quintana y Gerónimo del Castillo Lenard son algunos de ellos.



La nueva empresa editorial tenía como objetivo definir las bases del regionalismo yucateco, instruir a los habitantes de Yucatán mediante la rememoración de los hechos, paisajes y personajes que hacían del territorio peninsular un espacio digno de ser conocido y reconocido. La misión de estas publicaciones tenía estrecha relación con los proyectos políticos. Se pensó y escribió, en otras palabras, se presentó un discurso. Justo Sierra O´Reilly al ser el más destacado intelectual de su época es el claro representante de los intereses de las élites, y uno de ellos es la educación.


Justo Sierra O´Reilly
En este punto es importante advertir que no existe dentro de la producción de Sierra O´Reilly alguna obra dedicada exclusivamente al tema de la educación, pero revisando su producción historiográfica podemos ubicarla como uno de los temas que resultan recurrentes al tratar sobre los indígenas, muy especialmente en la coyuntura de 1847. Por ello hemos analizado sus principales obras y nos hemos dado a la tarea de rastrear su pensamiento sobre la educación.



La educación en los periódicos literarios
el Museo Yucateco y el Registro Yucateco

La población criolla siempre mostró claras prácticas de diferenciación con los llamados “indios” [2], el estatus del criollo como representante de la civilización a partir de la independencia los colocaba, en palabras de ellos mimos, como guardianes de la fragilidad indígena, calificándolo como “el buen salvaje”. Estas recurrentes acciones de diferenciar, de reconocer al indígena como el otro, y éstos últimos de reconocer al criollo como algo diferente a ellos, ayudó en mucho la aceptación del discurso de diferenciación étnica.

Viajeros extranjeros como Frederick de Waldeck y John L. Stephens que arribaron a Yucatán en la primera mitad del XIX veían a los indígenas como “buenos salvajes” e incluso como “salvajes inteligentes”; el segundo viajero proponía que la existencia de las construcciones diseminadas por el territorio peninsular, eran una clara evidencia de la existencia de una historia regional, anterior a la llegada de los españoles [3]. Las observaciones, tanto de los sabios viajeros como de los intelectuales locales, de manera inevitable, llevaron a la planificación del mejor modo de incluir al indígena en “el concierto de las naciones civilizadas”, para ello la educación se erigió como fundamento de la trasformación del indígena, ayudándolo a “poseer de nuevo la capacidad necesaria para inventar y ejecutar obras iguales a las que vimos en los arruinados monumentos de sus antepasados” [4].


Museo Yucateco
Las páginas de el Museo Yucateco fueron donde el nutrido grupo de intelectuales liderados por Sierra O´Reilly plantearon sus opiniones respecto a temas de importancia, tales como la historia, la literatura y la educación. En palabras de Cortés Campos, el lector al que Justo Sierra se dirigía debía ser “ávido de conocimientos, continuo y deseoso de recibir la entrega siguiente” [5]; es claro que las temáticas presentadas en las publicaciones del grupo intelectual yucateco tenían como fin primordial llegar a las clase acomodadas, buscaban influir sobre los influyentes, ellos eran quienes tendrían la facilidad de adquirir los periódicos y en el mejor de los casos hacer uso de las ideas contenidas en ellos. Cortés Campos maneja cuatro fines fundamentales en la novela de Sierra O´Reilly, y que bien pueden ser considerados para la totalidad de su producción. Estos cuatro fines son: educar al público por medio de la historia, formar un criterio sobre los acontecimientos de la época y reflexionar sobre la situación social, revalorizar el amor por la provincia, es decir, crear una identidad regional; y por último, presentar el conocimiento de manera accesible [6].

El proyecto liberal siempre fue visto por sus partidarios como el ideal, dentro de los lineamientos que esta ideología presentaba existían algunos puntos, sino es que todos, que se oponían directamente a las prácticas culturales de los pueblos indígenas, una de ellas es la noción de la propiedad privada, entendida ésta como la posesión exclusiva de bienes por parte de un individuo, contrario a la propiedad comunal indígena. Si bien muchos pobladores indígenas de mediados del Siglo XIX no pretendieron acoplarse a este sistema, hubieron otros que rápidamente buscaron obtener beneficios de estas nuevas enseñanzas liberales. Desde el año de 1840 algunos indígenas, bajo el patronazgo de los grupos criollos, habían iniciado un proceso de apropiación de tierras, algunos de ellos fueron Vicente Pech de Yaxcabá, Jacinto Pat de Tihosuco y Macedonio Dzul de Peto [7]. Podemos notar que la población indígena alcanzó bajo las premisas liberales notoriedad, la influencia de el Museo Yucateco y el Registro Yucateco no pueden ser negadas; las poblaciones mencionadas fueron lugares de distribución de ambos periódicos [8].

En 1841 al indígena se le otorga la ciudadanía, para que dicha concesión fuera efectiva la población debía dejar atrás sus prácticas tradicionales y creencias supersticiosas, como aquéllas enumeradas en las primeras páginas de el Museo.

La idolatría y superstición indígena, lamentada y censurada por Sierra O´Reilly en las páginas de sus periódicos fue tratada también por Bartolomé del Granado, cura de Yaxcabá, en un informe realizado por él a principios del Siglo XIX:

“En los primeros quince años que obtuve este curato, me dieron bastante qué hacer; pero después de los ejemplares castigos de azotes y penitencias que ejecuté en los delincuentes, con arreglo a los superiores mandatos, há como quince años que están en silencio y sólo de tarde en tarde suele haber algún indicio. La adivinación más frecuente, es por medio de algún pedazo de cristal, que llaman zaztun esto es, piedra clara y transparente: por él dicen que ven las cosas ocultas y origen de las enfermedades. Lo que en esto he llegado a entender, es que habrá habido alguno que, con pacto del demonio haya adivinado por medio dicho zaztun; pero lo más ordinario es, que los que de él usan, son unos embuteros impostores [9].

Un criterio similar es la consideración de los ritos como producto del embuste de unos indígenas aprovechados de la ignorancia de sus demás congéneres. A pesar de considerarlos propensos a caer en el engaño por su ignorancia, se pensaba que el indígena era un ser que fácilmente puede ser insertado, mediante la educación adecuada, al grupo de hombres dedicados a trabajar por el progreso de Yucatán. Sin importar aquello, las páginas de el Museo darían cabida, aunque de manera tenue, a una crítica generalizada al carácter del indígena durante el Siglo XIX y a su embriaguez.

Los indios de Yucatán y la utilidad de la educación

La idea sobre la necesidad de incorporar al indígena a la vida yucateca sería abandonada por Sierra en el año de 1847. El Fénix, tercer periódico de Justo Sierra, fue la plataforma de difusión de sus nuevas ideas y concepciones de la población indígena, nacidas del estallido de la insurrección maya. El Diario de nuestro viaje a los Estados Unidos, escrito por Sierra O´Reilly entre septiembre de 1847 y mayo de 1848, durante su viaje a la Unión Americana para negociar la neutralidad de Yucatán en la guerra que sostenía esta nación con México, es una extraordinaria fuente para analizar el vuelco ideológico que Justo Sierra O´Reilly experimentó [10], pasando de abogar por la inclusión del indígena, a ser partidario de su exterminio o expulsión del territorio yucateco [11].

“Yo siempre he tenido lástima a los pobres indios, me he dolido de su condición y más de un vez he hecho esfuerzos por mejorarla, porque se les aliviase de algunas cargas que a mí me parecían muy onerosas. Pero ¡los salvajes! Brutos infames que se están cebando en sangre, en incendios y destrucción. Yo quisiera hoy que desapareciera esa raza maldita” [12].

La enajenación de tierras y el debilitamiento de la agricultura en la zona oriental eran para Justo Sierra parte de los causantes del problema [13], la presión ejercida sobre las comunidades más el cobro de los diezmos les habían dado una carga insoportable [14], los elementos para el estallido de la insurrección en 1847 estaban dados. Todo ello causó que el indígena maya abandonara el culto católico y por lo tanto abrazara sus antiguas creencias, facilitando el desarrollo de la impiedad en ellos [15]. La importancia de la religión para los liberales de mediados del XIX quedó demostrada al afirmar que si los clérigos de la colonia hubieran actuado como el Padre José María Velázquez se hubieran evitado hechos funestos [16].

José María Velázquez y los Sanjuanistas son para Justo Sierra los grandes ideólogos del Yucatán de principios del Siglo XIX, ellos fueron quienes lucharon en contra de la opresión del indígena e innovaron con sus propuestas, llegando incluso a tener un papel importante en la política local. Pero de manera general el grupo había sido una “escuela especulativa y filosófica, más bien que sociedad práctica y de acción, [por lo que] sus medidas no podían tener eficacia alguna” [17], así que las necesidades de los indígenas no pudieron ser cumplidas de manera eficaz. De esta crítica surge la principal explicación que da Justo Sierra O´Reilly a la situación del indígena, haberles otorgado derechos y responsabilidades que no les correspondían por no poseer los elementos educativos necesarios para la comprensión de la legislación [18].


Como buen jurista, Justo Sierra sabía que la comprensión de la ley es un elemento indispensable para que el ciudadano pueda llamarse como tal. La interpretación adecuada de la reglamentación, tanto política como social, es una característica distintiva de los países civilizados y, por lo tanto, de sus ciudadanos. Esta situación no se cumplió ni en 1813 y mucho menos en 1841, dos momentos en los cuales se le posibilitó al indígena su participación en “la visa civilizada”. Por tal motivo Sierra reconoció el valor de la educación en la formación de las naciones, ya que como escribiría años después en su Proyecto de Código Civil Mexicano: “La ley es igual para todos y no conoce distinciones de condición social” [19].

La critica realizada a las órdenes religiosas, en especial a la franciscana, argumenta que la falta de verdadero celo religioso por la enseñanza durante la época colonial dio como resultado que la población indígena se encontrara en el limbo del conocimiento [20]. Por ello Sierra propone una nueva cruzada de evangelización, procurando así que la educación que tanto faltó en décadas anteriores pudiera, ahora, resarcirse con la ayuda de la iglesia. La propuesta del intelectual nos habla, por una parte, del momento de desesperación y abandono de la idea de la existencia del “buen salvaje”, ya que ahora había que “evangelizar”, en pocas palabras, rescatar de la perdición moral y social al sublevado y, por otra, nos muestra la siempre cercana relación que los hombres de tan pulida pluma tuvieron a la iglesia en momentos difíciles.

El nuevo camino tomado por Sierra en su discurso historiográfico trascendería como parte importante de la Guerra de Castas, por medio de su pluma había sido el único que participó del conflicto sin tomar las armas, causando un cambio en sus paisanos. Su periódico El Fénix y Los indios de Yucatán, que nació en las páginas del mismo, se transformarían en los pilares de la historiografía de la segunda mitad del Siglo XIX, logrando llegar, incluso, al plano de la literatura y más aún a la memoria de los yucatecos. La memoria de Justo Sierra O´Reilly prevaleció en tanto hizo resurgir la memoria del peligro de Oriente.

Conclusiones

El tratamiento del tema educativo tiene en Justo Sierra dos momentos evidentes, el primero ligado a sus periódicos el Museo Yucateco y el Registro Yucateco, donde el proceso educativo se llevaba mediante la lectura de los artículos de variados temas, todos ellos siempre teniendo el optimismo de la superación social de Yucatán.

Un segundo momento se encuentra ligado a su Diario de nuestro viaje y Los indios de Yucatán, textos que evidencian la trasformación de las concepciones de Justo Sierra sobre los indígenas. Es en ese momento cuando el intelectual ve la imposibilidad de la educación del indígena, al considerarlo ya no un “buen salvaje”, sino un “bárbaro”. Es interesante el analizar estas propuestas de Sierra, ya que ellas permanecerían en el ambiente académico durante las décadas siguientes, pudiendo ser rastreadas, incluso, hasta principios del Siglo XX, aunque ya no con el mismo espíritu que el hombre nacido en Tixcacaltuyub les imprimió, pero sí demostrando la preocupación por la educación de los hombres del campo.

Aún no habiendo escrito una obra dedicada a la educación en el Estado, la figura de Sierra O´Reilly fue siempre ligada a empresas culturales y educativas. Un ejemplo de ello es que el 15 de Junio de 1879 circuló el primer número de Sierra y Pérez: semanario dedicado al bello sexo, periódico que en palabras de sus editores tendrá como objeto “recoger las tradiciones históricas de la Península, para conservarlas y transmitirlas, a las generaciones sucesivas, dar a luz artículos sobre literatura, bellas artes, poesías y leyendas escritas por jóvenes yucatecos, de un talento fecundo” [21]; lo anterior recuerda un tanto la misión emprendida por la sociedad de amigos que editó el Museo Yucateco y el Registro Yucateco, seguramente ambos periódicos fueron un referentes para este nuevo, ya que los autores ponían el periódico a los auspicios “de dos grandes insignes publicistas, Justo Sierra y Pedro Ildefonso Pérez, los cuales aunque han desaparecido de la escena del mundo, ha sido para entrar en la vida de la inmortalidad” [22].

Queda así de manifiesto que en el campo de la educación y la intelectualidad Sierra O´Reilly siempre ha sido un referente infaltable.

Archivos

CAIHY, Centro de Apoyo a la Investigación Histórica de Yucatán.

Hemerografía

-El Misceláneo, 1813.
-Sierra y Pérez, 1879.

Bibliografía

-Campos García, Melchor. “La etnia maya en la conciencia criolla yucateca, 1810-1861”. Tesis de Licenciatura en Ciencias Antropológicas, Especialidad en Antropología Social, UADY, 1987.
-Cortés Campos, Rocío. “La novela histórica de Justo Sierra O´Reilly: una literatura didáctica, formativa y de esparcimiento” en Temas Antropológicos, volumen 25, números 1-2, 2003.
-Revisión del proyecto de código civil mexicano del Dr. Justo Sierra, tomo I, México, Talleres de la librería religiosa, s/f, p. 43.
-Ruz Menéndez, Rodolfo. “Los indios de Yucatán de Bartolomé del Granado Baeza” en Revista de la Universidad Autónoma de Yucatán, volumen 4, numero 168, 1989.
-Rugeley, “La elite maya del siglo XIX” en Guerra de Castas actores postergados, Mérida, 1997
-Sierra O´Reilly, Justo. Los indios de Yucatán: consideraciones históricas sobre la influencia del elemento indígena en la organización social del país, dos tomos. Mérida, UADY, 1994.
-Sierra O´Reilly, Justo. “Diario de nuestro viaje a los Estados Unidos” en Sierra O´Reilly, Justo y Juan Suarez Navarro. La Guerra de Castas: testimonios de Justo Sierra O´Reilly y Juan Suárez Navarro. México, CONACULTA, 2002.
- Taracena Arriola, Arturo. De la memoria nostálgica a la nostalgia por la memoria: la prensa literaria y la construcción del regionalismo yucateco en el siglo XIX. México, UNAM, 2010.

Notas

[1] El Misceláneo, 3 de Marzo de 1813.
[2] La intelectualidad criolla tuvo un discurso en el que los indígenas fueron excluidos de la civilización yucateca, entendida esta última bajo las premisas del progreso decimonónico. Es importante señalar que los pobladores yucatecos al diferenciarse de los indígenas lo hacían con argumentos basados en premisas de carácter educativo, mientras que al surgir el indígena bárbaro la diferenciación adquiere connotaciones raciales y civilizatorias. Ver: Campos, “La etnia maya en la conciencia criolla yucateca”, 1987, p. 7.
[3] Campos, “La etnia maya en la conciencia criolla yucateca”, 1987, pp. 111-119.
[4] Citado en Campos, “La etnia maya en la conciencia criolla yucateca”, 1987, p. 123.
[5] El estudio realizado versa sobre la novela histórica de Justo Sierra O´Reilly. Se utiliza la conceptualización de Humberto Eco de lector modelo. Si bien es un artículo de análisis literario, el perfil de lector de El Museo Yucateco y El Registro Yucateco nos permite conocer las características del sector poblacional receptor de las ideas de Justo Sierra y sus colaboradores. Cortés Campos, “La novela histórica de Justo Sierra O´Reilly”, 2003, pp. 118-119.
[6] Cortés Campos, “La novela histórica de Justo Sierra O’Reilly”, 2003, pp. 114-115.
[7] Rugeley, “La elite maya del siglo XIX”, 1997, p. 163.
[8] Los distribuidores de El Museo entre 1841-1842 fueron José María Peralta en Campeche, Alonso Aznar y Pérez en Mérida, Marcelino Paz Sierra, Luis Ríos y Valerio Rosado Rosado en Valladolid, Francisco J, Ramírez y José Domingo Sosa en Tekax Felipe Sauri Guzmán en Izamal, Justo Acevedo Lénard en El Carmen, Marcos Duarte Reuela y Francisco Suarez Guzmán en Pero, Pedro J. Hurtado en Bacalar, Pedro de Irabién en Tizimín, José Manuel Zapata Carvajal y Francisco Richie en Villahermosa, José Antonio Quijano Cosgalla en Hecelchakán, José Eulogio Rosado R. y Pantaleón Canto Tovar en Sisal, Juan José Hernández en Espita, Victoriano Moreno en Motul y Marcelino Paz en Sotuta; mientras que para El Registro lo fueron en 1845 Juan Paullada en Campeche, Gerónimo Castillo Lénard en Mérida, Juan José Hernández en Valladolid, José Domingo Sosa en Tekax, Pablo Españoles en Izamal, Justo Acevedo Lénard en El Carmen, Francisco Suárez Guzmán en Peto, Estanislao Carrillo en Ticul, Irineo Perea de Loría en Bacalar e Ignacio Cumplido en México, para 1847 a esta lista se agregarían Manuel Méndez Hernández en Campeche, José Menéndez en Hunucma, Manuel Domínguez Ortiz en Hecelchakán, Manuel Joaquín Cantón en Motul, Juan N. Mendicuti en Maxcanú, Manuel Ayora en Oxkutzcab, Joaquín Cuevas en Ticul, José Domingo Sosa en Tekax, Antonio Herrera en Sisal, Ramón Dionisio Cámara en Tihosuco, Vicente Alamilla en Hopelchen, Mateo Cosgalla en Sotuta, Manuel Contreras en Seyba-Playa, José María Díaz en Yaxcabá, José Inés Reyes en Izamal, Manuel Pérez en Tizimín, Juan Francisco Molina en Bolonchén y Manuel Castilla Reyes en Tecoh, Taracena, De la nostalgia por la memoria, 2010, pp. 125 y 127.
[9] Ruz Menéndez, “Los indios de Bartolomé del Granado Baeza”, 1989, p. 55.
[10] Un aspecto importante sobre el diario de Justo Sierra, es el motivo por el cual lo escribió. El Diario fue escrito para su esposa, de la cual se tuvo que separar debido a la misión que le fue encomendada, sirviendo el diario para mostrar a su mujeres aquello que vivió lejos de ella y el hogar. Ésta intencionalidad personal, da al diario una gran fidelidad sobre sus ideas. La forma de expresarse sobre el terruño, los recuerdos familiares escritos y la culpa demostrada por los compromisos a los cuales orilló a uno de sus hermanos, es base para comprender el cambio de sus ideas sobre los indígenas.
[11] El comercio de indígenas a Cuba ha sido uno de los episodios más oscuros de la historia peninsular, la situación de desesperación del Gobierno lo llevó a tomar tal determinación y, el hecho que Justo Sierra apoyara esta iniciativa evidencia el temor del criollo al indígena. Si bien estas acciones fueron inhumanas no por ello debemos sacarlas de su contexto y realizar una crítica anacrónica.
[12] Sierra, "Diario de nuestro viaje", p. 56.
[13] Sierra, Los indios de Yucatán, 1994, tomo I pp. 185-187.
[14] Sierra, Los indios de Yucatán, 1994, tomo I, pp. 218-228.
[15] Sierra, Los indios de Yucatán, 1994, tomo I, pp. 407-410.
[16] Sierra, Los indios de Yucatán, 1994, tomo II, p. 273.
[17] Sierra, Los indios de Yucatán, 1994, tomo II, p. 93.
[18] Sierra, Los indios de Yucatán, 1994, tomo I, pp. 197-199.
[19] Citado en Revisión del proyecto de código civil, tomo I, p. 43.
[20] Sierra, Los indios de Yucatán, pp. 140-141.
[21] Sierra y Pérez, Mérida, 15 de Junio de 1879.
[22] Sierra y Pérez, Mérida, 15 de Junio de 1879.


Nota del Blog: Las imagenes del Registro Yucateco no apareció en la publicación original. De las imágenes incluidas en el original solo se incluyó la de Justo Sierra O´Reilly. Que conste.